martes, 11 de agosto de 2015

71 - DIOS QUIERE HABLARNOS  (si puedes aportar algo, mejor.)
Dios desea comunicarnos sus planes y propósitos para nuestra vida. La comunicación es parte de su ser. La naturaleza de Dios es hablar con su creación. ¿Cuáles son las tres grandes voces en el mundo? En un mundo de tinieblas y oscuridad, tenemos que aprender a conocer y a discernir las tres diferentes voces, y a tomar decisiones correctas basadas en la voz de Dios, únicamente.
1.La voz de nuestro espíritu: Esta voz es la que en la Biblia se denomina como la conciencia.  Es parte de nuestro espíritu y, además, nos enseña a discernir entre el bien y el mal.
"'Por esto procuro tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres". Hechos 24:16
2. La voz del diablo:. Así como Dios habla a su pueblo, también el enemigo habla; y trata de imitar la voz de Dios, con el propósito de engañarnos. He visto muchos creyentes engañados por el enemigo porque nunca han aprendido a discernir las tres diferentes voces.
3. La voz de Dios:. El Señor nos puede hablar de diferentes maneras, y una de ellas es por medio de su espíritu santo. La mayoría de las veces, cuando el espíritu santo nos habla directamente, es porque Dios quiere comunicarnos algo demasiado importante, ya sea de vida o muerte, un llamado ministerial o cualquier otra cosa de gran revelación para el Reino.
¿Cómo podemos discernir estas voces? Hay muchos creyentes que me dicen: ¿cómo puedo saber cuándo es la voz del diablo, la voz de Dios o la voz de mi espíritu que me habla?
Esto, usualmente, sucede cuando las personas no están familiarizadas con la voz de Dios.
Algunos no pueden oírlo muy claro, otros lo oyen mejor, pero con interferencia, y otros saben oír la voz de Dios, claramente. ¿Qué ejercicios espirituales se deben practicar para oír mejor la voz de Dios? Aquí algunos puede haber mas:
La oración crea gran sensibilidad en nuestro espíritu para oír la voz de Dios.
El orar abundantemente en el espíritu. Cuando oramos en lenguas, nuestro espíritu se edifica y se desarrolla. Procure orar  en lenguas o en el espíritu todos los días, y después de cierto tiempo, algo le sucederá a su espíritu; se volverá sensible a la voz del Señor.
Meditar en la palabra de Dios. El meditar la Palabra crea sensibilidad a la voz de Dios. Tome un versículo de la Biblia diariamente y medítelo, háblelo, susúrrelo para sí mismo y empezará a ver resultados.
El poder discernir las tres voces viene como resultado del cumplimiento de dos condiciones:
• Madurez espiritual. Una señal de madurez espiritual se da cuando el creyente es guiado por el espíritu santo.    El creyente maduro ha llegado a conocer con claridad la voz de Dios.
"Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios". Romanos 8. 14
• El uso. Cuando continuamente estamos utilizando los sentidos para oír al Señor, logramos discernir la voz de Dios. Es desarrollado cuando lo usamos o lo practicamos a menudo.           Hebreos 5:14 Pero e1 alimento sólido es para los que han alcanzado madures, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal".
Hebreos 5. 14 Cuando nos ejercitamos continuamente en oír la voz de Dios, vamos creciendo, nos familiarizamos con su voz y podemos decir como Jesús dijo en      Juan 10.27:                    "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen".
Escuchar la voz de Dios, es un ejercicio que debemos practicar de continuo para poder desarrollar la capacidad de discernir su voz de las otras voces. El hombre fue creado para oír la voz de Dios, y por esta razón, debería ser fácil para los creyentes oír su voz a menudo. ¿Cuál es la clave fundamental para oír la voz de Dios?
Estar dispuesto a obedecer. Una de las razones por las cuales Dios deja de hablarle a muchos creyentes, es porque no están dispuestos a obedecer. Muchos me dicen: Dios a mi no me habla". Si éste es su caso, antes de decir esto, pregúntese cuándo fue la última vez que el Señor le habló y usted no hizo lo que El le pidió.
Cuando la identifique, arrepiéntase, pida perdón a Dios, y verá que pronto, él le volverá a hablar.     Cuando somos obedientes, Dios nos habla.
La palabra obediencia implica dos cosas en el griego: "akouo" que significa oír para obedecer, y "bupakouo ", que significa persuadir, escuchar, oír para hacer. En esencia, obediencia es oír con oídos espirituales y poner por obra lo que Dios nos ordene hacer. Algunas veces, Dios nos pedirá hacer cosas que van en contra de nuestro razonamiento, que no serán fáciles de hacer, pero tenemos que estar dispuestos a obedecer, a pesar del lugar, las circunstancias o las personas. Si deseamos oír su voz, la obediencia es la clave para lograrlo. En mi caso, prefiero equivocarme pensando que estoy obedeciendo a la voz de Dios, que quedarme estático sin hacer nada.
Estudiaremos tres medios por los cuales Dios se revela y se comunica con su pueblo:                
• El oír:
Cuando hablamos de oír, no es un oír físico, sino espiritual. Nuestro espíritu tiene un oído espiritual, al igual que nuestro cuerpo tiene un oído físico, y es un medio por el cual el Señor nos habla.
""Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto, salió y se puso a la puerta de la cueva. Entonces, le llegó una voz que le decía: — Q u é haces aquí, Elías?" 1 Reyes 19:13
• El ver:
Cuando hablamos de ver en el espíritu, es cuando el Señor nos deja ver el mundo espiritual, y cuando esto sucede, podemos ver imágenes mentales, visiones y sueños. Cuando Jesús vio a Natanael que se le acercaba, dijo de él: ¡Aquí está un verdadero israelita en quien no hay engaño! Le dijo Natanael: ¿De dónde me conoces? Jesús le respondió: Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi". Juan 1:47, 48
• El sentir
El sentir es una percepción interior, una intuición del Espíritu Santo dentro de nosotros; es un saber interior que no tiene nada que ver con un sentir físico o carnal, sino que es un testimonio interior, un sentir en nuestro espíritu.
"salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio de que me esperan prisiones y tribulaciones. Pero de ninguna cosa hago caso ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús, para dar testimonio del evangelio de la gracia de Dios". Hechos 20:23, 24
Cada creyente debe familiarizarse con la forma o el medio como Dios le habla. En mi caso, la mayor parte de las veces, el Señor me habla por medio del sentir y el ver, pero Dios le habla a cada creyente de una forma diferente.
¿Cómo podemos estar seguros que estamos oyendo la voz de Dios? Usted no puede identificar un billete de cien dólares falso si antes no se ha familiarizado con un billete genuino. El billete falso es detectado cuando se conoce bien el billete genuino. De la misma manera, cuando un creyente conoce la voz de Dios, fácilmente puede identificar la voz del enemigo, porque está genuinamente familiarizado con la voz de Dios.
"A éste abre el portero, y las ovejas oyen su voy y a sus ovejas llama por nombre y las saca. Y cuando ha sacado fuera todas las propias, va delante de ellas; y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. 'Pero al extraño no seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños. Esta alegoría' les dijo Jesús, pero ellos no entendieron qué era lo que les quería decir". Juan 10:3-5
¿Cuáles son los métodos que Dios utiliza para hablarnos? Anteriormente, señalamos los medios por los cuales Dios habla, que son: el oír, el ver y el sentir. Ahora estudiaremos los métodos que El utiliza para hablar.
1. El testimonio interior    ¿Qué es el testimonio interior? Es una impresión en lo profundo de nuestro espíritu, una intuición interior, una percepción, un saber, es un sentir y un impulso en nuestro espíritu. En nuestro espíritu, tenemos algo llamado intuición, con la cual conocemos y percibimos las cosas espirituales. El testimonio interior no es una voz, sino un sentir. Es una pequeña impresión, un saber en nuestro espíritu dado por el Espíritu Santo.  
Recuerde que las cosas espirituales se conocen por esa intuición interior.
Sin embargo, el entender las cosas espirituales es obra de la mente. Así como el alma tiene sentimientos emocionales, el espíritu tiene sentimientos espirituales. El testimonio interior es el método más frecuente, usado por Dios para hablar a su pueblo.
La palabra de Dios dice: El Espíritu da testimonio de que somos hijos de Dios. Es un saber que tenemos todos los creyentes, que si morimos, vamos al cielo.  Hay un saber interior, una intuición, un testimonio que nos dice que somos hijos de Dios.
Pablo tuvo un testimonio
"salvo que el Espíritu Santo por todas las ciudades me da testimonio de que me esperan prisiones y tribulaciones". Hechos 20.23
El apóstol Pablo no dice: el Espíritu Santo me habla. En lo espiritual, él dice: "el Espíritu Santo me da testimonio" (yo percibo, yo siento en mi espíritu) que "prisiones me esperan".
Jesús tuvo un testimonio
"Luego el Espíritu lo impulsó al desierto". Marcos 1:12
"Y conociendo luego Jesús en su espíritu que pensaban de esta manera dentro de sí mismos, les preguntó: ¿Por qué pensáis así?"Marcos 2.8
La traducción amplificada dice: "y cuando Jesús vino a darse cuenta totalmente en su espíritu... ". Jesús percibió, se dio cuenta, estaba consciente en su espíritu de lo que ellos cavilaban en sus corazones.
El sentido espiritual de Jesús era extremada- mente puro y sensible. El captó lo que estaban pensando personas,. Ese percibir no vino de, una voz audible, sino de un sentir del corazón; El tuvo un testimonio interior.
Dios habla por nuestra conciencia
Cuando no tenemos cuidado de oír la voz de nuestra conciencia; cuando somos reprendidos e insistimos en pecar, podríamos llegar hasta la apostasía. ¿Ha tomado usted una decisión en su vida y después de haberla hecho, se ha sentido mal? ¿Siente que la voz de su conciencia le habla y le dice: "no lo hubieses hecho"?
Pues quiero decirle que ése era Dios hablándole a su conciencia y dejándole saber que lo que hizo estuvo mal.
Nuestra conciencia nos defiende o nos acusa de lo que hacemos para Dios y para los hermanos.
"mostrando la obra de la Ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos". Romanos 2:15   Pablo vivía con una buena conciencia.

"'Entonces Pablo, mirando fijamente al Concilio, dijo: Hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy".Hechos 23:1 
Nuestro motivo de orgullo es éste: el testimonio de nuestra conciencia, de que con sencillez y sinceridad de Dios (no con sabiduría humana, sino con la gracia de Dios) nos hemos conducido en el mundo, y mucho más con vosotros". 2 Corintios 1:12                       Pablo sabía vivir delante de Dios con una buena conciencia. El sabía cuándo Dios le estaba hablando, y cuándo estaba haciendo lo correcto y agradable delante de Dios.
El Señor me lo dejó saber por medio de mi conciencia, al sentirme mal.
La conciencia trabaja según el conocimiento de la Palabra. Cada vez que recibimos luz de la Palabra en algún área de nuestra vida, nuestra conciencia se activa en esa área específica.         Si somos fieles a nuestra conciencia, que es la voz de nuestro espíritu, empezaremos a caminar en santidad; y si mantenemos una conciencia limpia, habrá una comunicación directa con Dios y oiremos mejor su voz.
¿Cómo podemos mantener una conciencia limpia?
Cada vez que pequemos u ofendamos al Señor, no esperemos un largo tiempo para arrepentimos y pedirle perdón. En el momento que sintamos la reprensión de nuestra conciencia, debemos pedir perdón al Señor y corregir la ofensa. De esa manera, mantendremos una conciencia limpia y pura para oír su voz.
La voz del Espíritu Santo
Anteriormente, estudiamos que Dios nos habla por el testimonio interior, por la conciencia, que es la voz de nuestro espíritu.
Ahora, vamos a estudiar la forma como Dios nos habla por medio de la voz del espíritu santo. La mayor parte de las veces que el Espíritu Santo habla a nuestra vida, es porque desea comunicarnos algo de suma importancia. Puede ser algo que tenga que ver con nuestro llamado, que sea de vida o muerte para nosotros, o que pueda afectar positiva o negativamente a muchas personas. También, puede ser algo que cambie el rumbo de un ministerio o una visión. Dios se asegura que oigamos directamente la voz del espíritu santo.
¿Cómo es la voz del Espíritu Santo?
Es una voz suave y tierna, pero al mismo tiempo, con gran autoridad. Algunas veces, parece que es como si alguien nos estuviera hablando con voz audible, fuertemente.
El Espíritu Santo no nos habla en todo momento de forma directa.
Cuando El habla, lo hace en un momento específico.
La mayoría de las veces, habla por medio del testimonio interior y trae paz al corazón.
Su voz siempre viene desde adentro y desde nuestro espíritu.

Cómo diferenciar la voz del enemigo y la voz del Espíritu Santo?
La voz del diablo...               • Trae temor, ansiedad y preocupación.
• Siempre viene dirigida en primera persona. Es una voz que tergiversa los pensamientos de la persona, haciéndole creer que éstos provienen de su propia mente; y de esa manera, la engaña.
• Siempre contradice la palabra de Dios.               • Trae condenación.
• Trae culpabilidad.                               • Su voz emana desde el exterior de la persona.
La voz de Dios...
• Trae paz, quietud y tranquilidad.                            • Trae gozo.
• Siempre está de acuerdo con la palabra de Dios.
• Trae convicción y no condenación.                 • Edifica, consuela y exhorta.
• Permite un acercamiento entre Dios y la persona.        • La voz del Espíritu Santo emana desde el interior de la persona.

Formas en que Dios se comunica:
Familiarícese con el método en que Dios le habla, y aprenda a oír la voz de Dios. Dios habla a las personas de muchas maneras por medio de las Escrituras. A veces, un verso bíblico que viene al corazón de una persona, es exactamente la respuesta que necesitaba. Otras veces, habrá alguien que se le acerque y le dé una palabra de la Escritura, que es la respuesta exacta de Dios a su necesidad.
Algunas veces, cuando usted llega a la iglesia y está pasando por una prueba difícil, de repente, se empieza a predicar y a utilizar versos de la Escritura que hablan de su problema; ése es el Señor hablándole. Dios sigue hablando, y uno de los métodos que usa es la Biblia. En los momentos de oración, El dará versículos bíblicos que hablarán directamente a la vida de esa persona. Es necesario estar siempre lleno de la Palabra, confesarla, creerla y actuar en ella para que el Señor hable al corazón a través de la misma.
Por Los sueños
Dios ha usado los sueños en el pasado y aún los usa en el presente para hablar a su pueblo. Dios ha comunicado cosas importantes para su reino
¿Qué son los sueños?
El diccionario Webster define sueño como una sucesión de imágenes o ideas presentes en la mente mientras dormimos. Los sueños son formados en el subconsciente del hombre, dependiendo del trásfondo, experiencias o circunstancias de la vida. Así vienen las imágenes y los símbolos, los cuales son únicos para cada individuo.                                                               Los sueños se organizan estrictamente en la mente natural o pueden ser dados como imágenes de Dios, del Espíritu Santo, y ser recibidos dentro de la mente del hombre. No siempre son fáciles de entender, pero los sueños son un método por medio del cual Dios habla. Por ejemplo, cuando Dios le habló a José en sueños.
Tuvo José un sueño y lo contó a sus hermanos, y ellos llegaron a aborrecerlo más todavía". Génesis 37.5
Por Visiones
El diccionario Webster define visión como el acto o el poder de ver objetos abstractos o invisibles. Hay otras palabras griegas y hebreas para describir lo que es una visión, y una de esas palabras es revelación.
Cuando Dios nos deja ver el mundo espiritual, recibimos una revelación de Dios. Es como si estuviéramos viendo las imágenes en una pantalla de televisión a color.
Los sueños y las visiones son la evidencia de que el Espíritu Santo está en operación, y además, son una señal del derramamiento del espíritu santo en los últimos tiempos.
"'Pero esto es lo dicho por el profeta Joel: "En los postreros días—dice Dios—, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños..." Hechos 2.16, 17
Hay tres tipos de visiones:
• Visión espiritual. Es cuando una persona ve en el mundo espiritual, como lo fue en el caso de Pablo en su camino hacia Damasco. Pablo dice que cuando la visión ocurrió, sus ojos fueron cegados y no podía ver físicamente, pero sí podía ver en el espíritu. El señor habló a Ananias por medio de una visión para que fuese a orar por Pablo.
"'Había entonces en Damasco un discipulo llamado Ananias, a quien el Señor dijo en visión: "Ananias". El respondió: "Heme aquí, Señor". Hechos 9.10
• Éxtasis. Éste es el tipo de visión donde los sentidos físicos quedan en suspenso durante un momento. Esta es la segunda clase de visión más alta que una persona puede experimentar. No está consciente del lugar donde está ni de todo lo que tiene contacto con el mundo físico. No es que quede inconsciente, sino que queda más consciente de las cosas espirituales que de las físicas.
Por ejemplo, Pablo fue a Jerusalén por primera vez y él dijo: "Y me aconteció que vuelto a Jerusalén en el templo me sobrevino un éxtasis". volví a Jerusalén, y mientras estaba orando en el templo me sobrevino un éxtasis. vi al Señor, que me decía:
`Date prisa y sal prontamente de Jerusalén, porque no recibirán tu testimonio acerca de mi". Hechos 22:17, 18
• Visión consciente. Éste es el tipo de visión donde los sentidos no están en suspenso y la persona tiene los ojos físicos abiertos. Este es el nivel más alto de visión. La persona está consciente de todo, pero al mismo tiempo, puede ver el mundo espiritual. Los profetas del Antiguo Testamento eran llamados videntes y tenían este tipo de visiones frecuentemente.
¿Cuáles son las fuentes de inspiración de los sueños y las visiones?
Debemos tener en cuenta que los sueños y las visiones tienen tres fuentes:
• Los sueños y visiones inspirados por el Espíritu Santo.
• Los sueños y visiones producidos por nuestra alma.
• Los sueños y visiones producidos por el enemigo.
Los sueños y visiones espirituales, que son inspirados por el Espíritu Santo y comunicados por la mente natural, entregan un mensaje, ya sea una revelación o cualquier otra cosa. Creo que cada persona debe orar para poder interpretar un sueño o una visión que piense que vino de Dios.
Por ejemplo, cuando Dios habló a Pedro por medio de una visión. Hechos 10.9-16
Una vez más, podemos observar que Dios habla por medio de sueños y visiones. Dios está vivo y sigue hablando a su pueblo. Es importante aprender a reconocer cuál es el método más usado por El para hablarnos.
Por los Ángeles
En el Antiguo Testamento, era muy común que Dios hablara a su pueblo por medio de ángeles. La palabra de Dios enseña que ellos son espíritus ministradores que están para el servicio de los santos. Este es otro método que Dios usa para hablarnos.
"No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?" Hebreos 1:14
Enviar mensajes por medio de sus ángeles no es un método muy común de Dios, pero en casos especiales, hemos visto y oído que Dios ha enviado ángeles a personas para hablarles. Por ejemplo, cuando Dios le habló a Maria acerca del nacimiento de Jesús, fue por medio de un ángel. 'Entrando el ángel a donde ella estaba, dijo: —¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres". Lucas 1:28
Por la paz interior
A menudo, Dios me habla personalmente por medio del testimonio de la paz interior. Cuando he tomado una decisión y no siento paz en mi corazón, es una señal de Dios, dejándome saber que la decisión que tomé no es la correcta. Cuando hay una inquietud, una preocupación o falta de reposo dentro de mi espíritu, es una alarma que se activa dentro de mí como evidencia de que algo no está bien; y si no se siente paz interior, es preferible no hacer lo que pensaba hacer.

¿Qué es paz?
Viene de la raíz griega "shalam", y ésta a su vez, viene de la raíz `shalom ", que significa estar seguro, completo, tranquilo, en reposo y en fortaleza. Esta definición nos da a entender, que cuando tenemos quietud, reposo y nos sentimos seguros en nuestro espíritu acerca de algo, significa que Dios nos está hablando.      Debemos seguir buscando la paz interior.
'"Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor". Hebreos 12:14
"Apártese del mal y haga el bien; busque la paz y sígala ". 1 Pedro 3:11
Lo que Dios nos está diciendo, es que busquemos la paz con todo nuestro corazón, peleando por ella, luchando ardientemente para tener paz con Dios, con nosotros mismos y con nuestro prójimo. Para buscar la paz no basta con desearla, sino que debe ser una búsqueda con gran intensidad.     Ella nos va a guiar a tomar decisiones correctas, que glorifiquen a Dios y nos ayudan a tener grandes victorias en nuestra vida.
Hay dos cosas que la paz de Dios hace en nuestra vida: • Guarda nuestros corazones y nuestra mente.     "'Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús". Filipenses 4:7
• Gobierna nuestros corazones.«'5Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un sólo cuerpo. Y sed agradecidos". Colosenses 3:15
Cuando la paz de Dios gobierna la mente y el corazón, se pueden tomar decisiones correctas para la gloria de Dios. Al conocer todos los métodos que Dios usa para hablar, se puede observar que El, es un Dios personal, y que a cada individuo le habla con maneras y métodos diferentes. Podemos concluir que Dios habla hoy, y que utiliza medios, tales como: el sentir, el oír y el ver para comunicarse con su pueblo. Además, Dios usa diferentes métodos para hablarnos, porque El es soberano y escoge el método o los métodos que usará para comunicarnos sus planes y sus propósitos de acuerdo a su voluntad.
Pregúntese usted mismo: ¿cuál es el método que Dios usa para hablarme? ¿Será el testimonio interior, la conciencia, la voz del espíritu santo, la profecía o los profetas? ¿Serán los sueños y visiones, los ángeles o la palabra escrita de Dios? Familiarícese con el método en que Dios le habla, y aprenda a oír la voz de Dios.
El temor a Dios:
Adora, respeta y ríndele honor a tu único y verdadero Dios. El santo temor de no ofenderle debe ser la motivación de todo cuanto hacemos.
En Isaías 11: 3 leemos: Y le hará entender diligente en el temor de Jehová. No juzgará según la vista de sus ojos, ni por lo que oigan sus oídos
El Espíritu Santo tiene  facetas y una de ellas es la del temor de Dios. Para comprender esta faceta debemos hablar de las tres motivaciones de los creyentes.
Nos impulsan la voluntad de Dios, el amor y temor hacia Él. En nuestro matrimonio, negocios y vida familiar, muchas veces hacer Su voluntad es suficiente; en otras situaciones basta el amor a Dios, pero hay momentos cuando lo único que puede motivarnos a obrar con rectitud es el temor de Dios. Génesis 22: 12 dice: Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único.
Abraham ofrendó a su hijo porque temía y respetaba a Dios, no solo porque le amaba y quería cumplir Su voluntad. Ese temor es un terror santo que se desata en nuestras vidas para que hagamos lo correcto.
No es el temor natural que sentimos en situaciones extremas como cuando estamos en peligro de muerte. Tampoco es temor de cobardía que tiene cuatro características: proviene de Satanás, nos paraliza, atormenta y hace huir.   Dios no te da espíritu de cobardía sino de autoridad para confrontar tu situación.
El temor de Dios tampoco es aquel religioso superficial que procede del hombre y esclaviza. Mucho menos puede confundirse con el temor a los hombres que los hace ver más poderosos que el mismo Dios, que es opuesto a la confianza en Él y no promueve la obediencia al Padre. Entonces, el temor de Dios es la reverencia y respeto que le tenemos y evita que le ofendamos.
Éxodo 20:2-3 nos recuerda: Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendrás dioses ajenos delante de mí.
Dios es el dueño de toda preeminencia. Somos sus criaturas y es justo que le demos el primer lugar en nuestras vidas.   Aquello que más temes es lo que se convierte en tu dios, así que témele a Él, que te dio la vida y  sacrificó a su hijo para darte la salvación.   Las crisis, enfermedades y pecados no pueden sustituir Su lugar.     No temas más al diablo que a Dios. Es momento de darle la honra a quien la merece.
Este es un tiempo donde la fe de los cristianos está siendo probada.
El temor de Dios debe motivarnos a llevar una vida santa. Cuando el amor ya no funciona el temor debe inspirarnos respeto.
La base fundamental de donde proviene la sabiduría es del temor de Dios.
Tenemos debilidades, somos humanos pero el temor nos guarda de caer en pecado y tentación. Pido por el temor en mi vida y en la de todos los hombres justos.    La inteligencia es educación pero la sabiduría viene de un corazón que teme al Señor.                Es tiempo de arrepentirnos. La iglesia solamente crece y se edifica en el temor de Dios. Lo que crece bajo mentira es superficial.   El temor es respeto y reverencia. Recuerda que puedes temerle hasta que reconozcas Su santidad. La santidad es el atributo y esencia del Señor y lo que debe moverte a temerle con reverencia.   Si has perdido el temor de Dios clama para recuperarlo en tu boca, en tus ojos, mente y corazón para luchar por lo bueno y santo. Amen.



LLEGANDO A CONOCER A JESÚS     Por Carolyn Molica.  (Considerar esto en este aprendizaje)
Hace muchos años me di cuenta de que realmente no conocía muy bien a Jesús. Me habían enseñado mucho acerca de relacionarme con, y orar a Dios, pero Jesús de alguna manera había sido pasado por alto. Me habían enseñado que era Cristo EN nosotros, pero nunca me enseñaron cómo relacionarme con Él como una persona real. No pude evitar cuestionarme: “Si Él es nuestro hermano, ¿no deberíamos ser capaces de hablar y relacionarnos con Él? Nosotros no tenemos que ir a nuestros padres para a través de ellos hablar con nuestros hermanos terrenales, así que ¿por qué sería diferente con Jesús?”
En Hechos 2:36 se nos dice que “Dios le ha hecho Señor y Cristo”. Leemos en los evangelios que cuando las personas se acercaron a Jesús le llamaron “Señor”. Cuando los discípulos hablaron con Él, tanto antes como después de la resurrección (Juan 20:26 a 21: 25), ellos también lo llamaron “Señor”. ¿Nosotros deberíamos hacer menos?
De acuerdo a Romanos 10:9: “si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo”.
Cuando renacemos renunciamos al señorío o reinado de nuestras vidas y a partir de ese momento confesamos a Jesús como Señor. Pero me pregunto si hemos estado metiendo la pata un poco a este respecto. ¿Estamos conversando solamente con Dios nuestro Padre, y pasando por alto relacionarnos con Su hijo, quien Dios dijo que hizo Señor?
Dios me mostró algo asombroso el otro día en las Escrituras acerca de esto. Estaba leyendo en Hechos 7 sobre Esteban. “Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. (ver. 59). En este versículo en este incidente Esteban habló directamente a Jesús diciendo: “Señor Jesús, recibe mi espíritu”. Y, ¿quién creen que estaba de pie allí mismo? ¡Saulo de Tarso!
“Y echándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo” (ver.58). Saúlo oyó a Esteban hablar con Jesús.
Más tarde cuando Saúlo estaba de camino a Damasco “respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor” (Hechos 9:1), una luz del cielo brilló y Saulo cayó a tierra y todo el mundo oyó una voz. Cuando Saúlo preguntó quién estaba hablando, “¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues” (ver. 5). Esto en realidad no sorprendió a Saúlo porque él había estado allí cuando Esteban habló con Jesús.
Cuando Saulo llegó a Damasco, Ananías fue instruido para ir a él. “Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo” (vers. 17).
¿! No es eso asombroso!? Hay muchos más versículos en las epístolas que documentan una real y verdadera relación personal con Jesucristo. Pablo dijo a los Corintios: “¿No he visto a Jesús el Señor nuestro?” (1Co.9:1). Pedro escribió: “como nuestro Señor Jesucristo me ha declarado” (2ª Pedro 1:14).
No estoy tratando de alejar a nadie del Dios Todopoderoso y de la relación que tenemos con Él. Sólo estoy tratando de mostrarles que nuestra relación personal con nuestro Señor Jesús puede ser desarrollada e incrementada también. Quizás tu seas como yo era, y no has desarrollado aun en tu caminar, una relación viva con Jesucristo.
1 Tesalonicenses 3:11 nos muestra que tanto Dios como nuestro Señor Jesús nos guían: “Mas el mismo Dios y Padre nuestro, y nuestro Señor Jesucristo, dirija nuestro camino a vosotros”. Y 2ª Tesalonicenses 2:16,17: Y el mismo Jesucristo Señor nuestro, y Dios nuestro Padre, el cual nos amó y nos dio consolación eterna y buena esperanza por gracia, conforte vuestros corazones, y os confirme en toda buena palabra y obra”.
Mi trabajo secular es dirigido y orquestado por Jesús. Eso no sucedió milagrosamente de la noche a la mañana. Eso no sucedió a través de un sueño o revelación audible ni nada espectacular. Yo oré al respecto, y un día simplemente sabía en mi corazón que Jesús era quien estaba a cargo de mi trabajo. Yo sabía que secularmente Él suministraría los puestos de trabajo y el dinero que necesitaba para vivir y pagar las cuentas y hacer lo que tenía que hacer. Cada vez que estoy sin trabajo, conscientemente voy a Jesús para saber que sigue, y le doy las gracias por lo que Él está preparando y organizando. En esta categoría de mi vida yo sé que Dios quiere que confíe en las instrucciones de Su hijo Jesucristo.
1 Timoteo 1:12: “Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel, poniéndome en el ministerio”.
Yo creo que debe haber un maravilloso equilibrio en nuestra vida espiritual entre las cosas que Dios maneja con nosotros y las cosas que nuestro Señor Jesús maneja y lo que el espíritu santo maneja. Y simplemente nos mantenemos aprendiendo.

Con amor, Carolyn.                       (Traducción por Claudia Juárez Garbalena)

domingo, 28 de junio de 2015

70 - Yo también santo?

La santidad no goza de sobrada simpatía en nuestros días. Algunos la consideran una cualidad especial propia de unos pocos que sobresalen por una insólita piedad, sin que el común de los cristianos ni siquiera la deseen.

 Sin embargo, renunciar a la santidad equivale a menospreciar la vocación con que Dios nos ha llamado. Ya en los tiempos remotos del Antiguo Testamento Dios ordenó a Moisés que convocara a todo el pueblo para transmitirle un mensaje de vital importancia:
«Santos seréis, porque santo soy yo, Yahveh, vuestro Dios»
 Levitico. 19:2  2Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios.
frase sentenciosa seguida de un resumen práctico de la ética israelita ( Lv. 19:3). 3Cada uno temerá a su madre y a su padre, y mis días de reposo* guardaréis. Yo Jehová vuestro Dios
En este resumen sentencioso salta a la vista que la santidad no era tanto una cuestión de ritos religiosos como una guía de conducta moral reguladora de las relaciones humanas
( Lv. 19:3-37). 3Cada uno temerá a su madre y a su padre, y mis días de reposo* guardaréis. Yo Jehová vuestro Dios. 4No os volveréis a los ídolos, ni haréis para vosotros dioses de fundición. Yo Jehová vuestro Dios.
5Y cuando ofreciereis sacrificio de ofrenda de paz a Jehová, ofrecedlo de tal manera que seáis aceptos. 6Será comido el día que lo ofreciereis, y el día siguiente; y lo que quedare para el tercer día, será quemado en el fuego. 7Y si se comiere el día tercero, será abominación; no será acepto, 8y el que lo comiere llevará su delito, por cuanto profanó lo santo de Jehová; y la tal persona será cortada de su pueblo.
9Cuando siegues la mies de tu tierra, no segarás hasta el último rincón de ella, ni espigarás tu tierra segada. 10Y no rebuscarás tu viña, ni recogerás el fruto caído de tu viña; para el pobre y para el extranjero lo dejarás. Yo Jehová vuestro Dios.
11No hurtaréis, y no engañaréis ni mentiréis el uno al otro. 12Y no juraréis falsamente por mi nombre, profanando así el nombre de tu Dios. Yo Jehová.
13No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No retendrás el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana. 14No maldecirás al sordo, y delante del ciego no pondrás tropiezo, sino que tendrás temor de tu Dios. Yo Jehová.
15No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al pobre ni complaciendo al grande; con justicia juzgarás a tu prójimo. 16No andarás chismeando entre tu pueblo. No atentarás contra la vida de tu prójimo. Yo Jehová. 17No aborrecerás a tu hermano en tu corazón; razonarás con tu prójimo, para que no participes de su pecado.
18No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.
19Mis estatutos guardarás. No harás ayuntar tu ganado con animales de otra especie; tu campo no sembrarás con mezcla de semillas, y no te pondrás vestidos con mezcla de hilos.
20Si un hombre yaciere con una mujer que fuere sierva desposada con alguno, y no estuviere rescatada, ni le hubiere sido dada libertad, ambos serán azotados; no morirán, por cuanto ella no es libre. 21Y él traerá a Jehová, a la puerta del tabernáculo de reunión, un carnero en expiación por su culpa. 22Y con el carnero de la expiación lo reconciliará el sacerdote delante de Jehová, por su pecado que cometió; y se le perdonará su pecado que ha cometido.
23Y cuando entréis en la tierra, y plantéis toda clase de árboles frutales, consideraréis como incircunciso lo primero de su fruto; tres años os será incircunciso; su fruto no se comerá. 24Y el cuarto año todo su fruto será consagrado en alabanzas a Jehová. 25Mas al quinto año comeréis el fruto de él, para que os haga crecer su fruto. Yo Jehová vuestro Dios.
26No comeréis cosa alguna con sangre. No seréis agoreros, ni adivinos. 27No haréis tonsura en vuestras cabezas, ni dañaréis la punta de vuestra barba. 28Y no haréis rasguños en vuestro cuerpo por un muerto, ni imprimiréis en vosotros señal alguna. Yo Jehová.
29No contaminarás a tu hija haciéndola fornicar, para que no se prostituya la tierra y se llene de maldad. 30Mis días de reposo* guardaréis, y mi santuario tendréis en reverencia. Yo Jehová.31No os volváis a los encantadores ni a los adivinos; no los consultéis, contaminándoos con ellos. Yo Jehová vuestro Dios.
32Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y de tu Dios tendrás temor. Yo Jehová.
33Cuando el extranjero morare con vosotros en vuestra tierra, no le oprimiréis. 34Como a un natural de vosotros tendréis al extranjero que more entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios.
35No hagáis injusticia en juicio, en medida de tierra, en peso ni en otra medida. 36Balanzas justas, pesas justas y medidas justas tendréis. Yo Jehová vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto. 37Guardad, pues, todos mis estatutos y todas mis ordenanzas, y ponedlos por obra. Yo Jehová.
En el Nuevo Testamento «santos» son todos los creyentes unidos a Cristo mediante una fe viva, es decir, todos los «santificados en Cristo Jesús, llamados santos»
 Romanos 1:7; a todos los que estáis en Roma, amados de Dios, llamados a ser santos: Gracia y paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. 1 Corintios. 1:2). a la iglesia de Dios que está en Corinto, a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos con todos los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro:
El nombre de «santos» no es, pues, un calificativo reservado a cristianos supereminentes, una elite de creyentes distinguidos por sus virtudes extraordinarias y su consagración a Cristo.

La santidad es inherente a la condición de redimido en Cristo,
Efesios 1:4). 4según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,
Pablo añade que el gran propósito de Dios es que seamos «santos y sin mancha e irreprochables delante de él»
Colosenses 1:22) 22en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él;.
Y Pedro, en su primera carta, escribe: «Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir, porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo»
1 Pedro 1:15). 15sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir;
Hasta tal punto se destaca la santidad en el Nuevo Testamento que viene a ser un elemento de identificación de todo verdadero cristiano.
Quien tiene en poco vivir santamente tiene motivos para empezar a dudar de la autenticidad de su fe. Es muy solemne la exhortación de la carta a los Hebreos: «Seguid la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. Mirad bien para que nadie deje de alcanzar la gracia de Dios»  
Hebreos 12:14-15). 14Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor. 15Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados;
Miradlo «bien», con seriedad, sin caer en criterios y formas de cristianismo acomodadizos. No nos es concedida libertad para escoger el grado de piedad que mejor nos parezca. Menos podemos acomodarnos a una ética de permisividad, de manga ancha, en la que todo puede resultar aceptable.

Al discípulo cristiano se le impone la renuncia a toda forma de autonomía moral; se ha de mantener siempre a la sombra de la cruz, atento a las palabras del Maestro, decidido a vivir en conformidad con ellas. Un cristiano light, sin compromiso, temeroso de que se le tilde de fanático o beato, suele asemejarse mucho a la sal que ha perdido su sabor peculiar; «no sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres»
Mateo 5:13 13Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.
Si invocamos a Cristo como SEÑOR, él -no nosotros- es quien ha de fijar los parámetros determinantes de nuestro modo de seguirle.  La «gracia barata», , acaba no siendo nada.

El concepto bíblico de santidad

Son muchos los textos de la Escritura que arrojan luz sobre el significado de la santidad cristiana; pero uno de ellos sintetiza magistralmente lo fundamental de la misma.
Es el de Romanos 12:1-2: «Por lo tanto, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto. No os conforméis a este mundo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.»
Debe notarse atentamente el comienzo de este pasaje: Las palabras «por lo tanto» son un nexo de unión con todo lo que el apóstol ha enseñado en los capítulos precedentes de la carta ( Ro. 1-11).
Todo es una manifestación de las «misericordias de Dios»: la revelación del Evangelio, su rasgo de universalidad, la obra redentora de Cristo, la acción del Espíritu Santo, la liberación de la tiranía de la carne y la transformación del creyente a semejanza de su Salvador -con el que se ha identificado-, la seguridad de la salvación en el marco de la providencia, seguridad que Dios nos da en Cristo sin distinción de etnias, conforme a la elección divina. Todo ha sido planeado y realizado por el amor infinito de Dios.
Esta gracia nos convierte en deudores. Si Dios tanto nos ha dado, es lógico que correspondamos a su bondad con nuestra gratitud, a su generosidad con nuestra consagración.
Es lo que Pablo demanda de los creyentes con admirable delicadeza pastoral. No usa un tono de autoridad, como en su carta a los Gálatas. Se expresa en términos de apelación razonables, suaves, los más adecuados para que su ruego tenga efecto positivo: «Os ruego por las misericordias de Dios...»

El meollo de la conducta santa

«...que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro verdadero culto.»
En el culto israelita el holocausto era el sacrificio más gráfico cuando se quería expresar la plena dedicación del oferente a Dios. La víctima era totalmente consumida por el fuego. Y aquí Pablo resalta el contraste entre el holocausto (animal muerto) y el «sacrificio vivo» del creyente que se consagra plenamente a Dios para vivir conforme a su voluntad. Esa es la mejor manera de adorarle.
La presentación del cuerpo se refiere a la totalidad del mismo y a cada una de sus partes. El cuerpo en su conjunto debe ser considerado con mente abierta a la sensibilidad cristiana. La concepción cristiana del cuerpo dista mucho de la filosofía griega, que veía en él una abominable cárcel del alma. En sí el cuerpo no es ni bueno ni malo. Su naturaleza moral depende del uso que de él se haga.
Antes de la conversión, los miembros del cuerpo eran «instrumentos de iniquidad»  Ro. 6:13, 3ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.      de impureza y desorden
 Ro. 6:19; 9Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia.   
Pero la conversión lo transforma todo. Los mismos miembros que habían estado al servicio del pecado se convierten en «instrumentos de justicia»
Ro. 6:13. ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia.
Ro. 6:22. 22Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.
La boca que en otro tiempo se había abierto para injuriar a Dios y para difamar o engañar, ahora se abre para alabarle y proclamar la salvación en Cristo; las manos que habían ejecutado numerosas acciones malas abundan en «buenas obras que de antemano dispuso Dios que las practicáramos»
Ef. 2:10; Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.

Los pies que habían corrido para unirse a los impíos en sus caminos de maldad, ahora se dirigen a la casa de Dios y al encuentro de la persona necesitada de consuelo y ayuda. El «yo», que en el pasado había sido centro de la vida se ha rendido al señorío de Cristo. Pero no sólo los miembros en su particularidad deben ser santificados.
La totalidad del cuerpo, como unidad indivisible, ha de ser una ofrenda presentada a Dios diariamente.
Ese modo de entender la ofrenda corporal a Dios es de especial importancia en un mundo en el que frecuentemente se ensalza el culto al cuerpo. ¿Qué vemos en el espejo ante el que pasamos ratos prolongados? Por lo general, un Narciso enamorado de sí mismo que busca enamorar a otros. ¿En qué se inspiran, si no, las modas en el vestir con sus peculiaridades de provocación sexual? No debe olvidarse que es el cuerpo el campo en que se libran duros combates contra «el demonio, el mundo y la carne».
No es extraño que en muchos periodos de la historia de la Iglesia se haya visto el cuerpo como encarnación del mal. ¡Error injustificable!. La abominación del cuerpo como algo intrínsecamente malo tiene sus raíces en antiguas filosofías de los primeros siglos. Pero el cuerpo en sí carece de identidad moral.
El cuerpo del primer hombre fue obra de Dios,  Gn. 1:31 Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto..
Y del cuerpo del creyente en Cristo se nos dice que es «templo del Espíritu Santo» 1 Co. 3:16, ¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?
1 Co. 6:15. No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? De ningún modo.
Pero ese templo puede ser profanado, y lo es siempre que hacemos de él un instrumento de pecado. Pero tal profanación está vedada a quienes han pasado de las tinieblas a la luz, de la inmundicia a la pureza, del desvarío a la sensatez, de la muerte espiritual a una vida nueva.
Pablo se regocija por el cambio operado en los creyentes:  Ro. 6:17-18. 17Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; 18y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia.
Esa liberación es la clave de la santificación. Dios espera que ésta sea la experiencia de todo hijo suyo. Ello es signo de la verdadera identidad cristiana. No es, pues, algo que podemos aceptar o soslayar según nuestro humano criterio. No lo olvidemos: «Sed santos, porque yo soy santo».

¿Qué forma de cristianismo viviremos?

Pablo amplía su pensamiento cuando dice: «No os conforméis a este mundo, sino transformaos por la renovación de vuestra mente para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta»  Ro. 12:2.
El verbo «con-formar-se» aquí significa adoptar la forma -el modo de ser- del mundo, como si éste fuese un molde. Lo que Pablo quiso decir es: «No adoptéis las ideas, los criterios, los valores, las prácticas, del mundo».
La razón de esa abstención es que el mundo equivale al «presente siglo malo», dominado por «el dios de este siglo»  Gá. 1:4, el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre, 2 Co. 4:4). en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

En el mundo occidental, pero también en otros lugares, de manera abierta o solapada, el mundo vive en oposición a Dios. Los valores morales y religiosos se subestiman o se diluyen en un laicismo inoperante. Están en auge el materialismo, el hedonismo, el placer de las drogas, la obsesión sexual. Y todo agravado por la arrolladora influencia de los medios de comunicación. Multitud de personas quedan atrapadas en el «molde» de esa situación y reproducen en sus ideas y en su modo de vivir -y aun de vestir- lo que ven en los «famosos» de turno. Resultado: una vida vacía, intrascendente, amargamente insatisfactoria. Caer en los moldes del mundo es reconocer una pérdida de la propia identidad, de la capacidad para discernir y decidir.
El cristiano debe evitar a toda costa ese empobrecimiento de la propia personalidad.
Por el contrario, ha de tomarse en serio la segunda parte de la exhortación de Pablo: «..., sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento para que comprobéis cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta».
El verbo que usa aquí el apóstol es «metamorfo», del cual se deriva la palabra «metamorfosis». Ello nos hace pensar en una transformación profunda, total. No podemos darnos por satisfechos con un cambio parcial (abandono de ciertas prácticas impropias de un cristiano, asunción de algunas prácticas piadosas, etc.).
Se trata de hacer de Cristo nuestro molde moral y espiritual a fin de que su imagen se reproduzca fielmente en nosotros. Así lo entendía Pablo al escribir otro de sus textos:
«Por tanto, nosotros todos, mirando con el rostro descubierto y reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, por la acción del Espíritu del Señor»  2 Co. 3:18.

¿Yo también?                 Si soy cristiano coherente, ¡por supuesto!

viernes, 12 de junio de 2015

69 - El predicador, instrumento de comunicación

1Ts 5:21 Examinadlo todo; retened lo bueno.

El presente «Tema del mes» es una reproducción parcial del capítulo VIII del libro Ministros de Jesucristo, Vol 1. Creemos que puede ser de interés y útil no sólo para los predicadores, sino para todos los creyentes deseosos de comunicar a otras personas el mensaje de la Palabra de Dios.
El Espíritu Santo podría usar directamente la Biblia para la conversión de los hombres y la edificación de la Iglesia, y a veces así lo hace excepcionalmente. Pero por regla general se vale de medios humanos, entre los cuales el predicador ocupa lugar especial.
Al definir la predicación hemos indicado que el mensaje divino es comunicado a través de una persona idónea. ¿Es posible hallar tal persona? Ante la excelencia de la Palabra y la magnificencia aún mayor del Dios que la ha dado, cualquier capacidad humana es ineptitud. ¿Quién puede considerarse apto para lograr que a través de sus palabras los hombres oigan la voz viva de Dios mismo? Que esto suceda es un misterio y un milagro atribuible a la gracia divina, no a mérito alguno del predicador.

Sin embargo, es imprescindible un mínimo de idoneidad por parte de quien comunica a otros la Palabra divina. La predicación no es una simple exposición de la verdad contenida en las Sagradas Escrituras. Tal tipo de exposición puede hacerla incluso una persona no creyente o desobediente a Dios. Los mensajes proféticos de Balaam fueron irreprochables en cuanto a su contenido (Nm. 23-24). Caifás estuvo atinadísimo cuando hizo su afirmación sobre la conveniencia de que un hombre muriera por el pueblo (Jn. 11:50-51). Aun los demonios anunciaban una gran verdad cuando daban testimonio del «Santo de Dios» (Mr. 1:24; véase también Hch. 16:17-18). Pero ninguno de estos «predicadores» mereció la aprobación de Dios.

El verdadero predicador, sean cuales sean sus defectos y limitaciones, ha de estar identificado con el mensaje que comunica. Debe reverenciar y amar a Dios, respetar y aceptar su Palabra. Ha de haber tenido una experiencia genuina de conversión y dedicación a Cristo en respuesta a su llamamiento. Tiene que ajustar su vida -aunque no llegue a la perfección absoluta- a las normas morales del Evangelio, Ha de amar sinceramente a los hombres. Ha de reflejar la imagen y el espíritu de su Señor.
Pero este punto exige algunas matizaciones, ya que suscita cuestiones inquietantes.

¿Qué lugar debe ocupar en la predicación la experiencia del predicador?

Debe quedar muy claro que somos llamados a predicar a Cristo, no a nosotros mismos (2 Co. 4:5). La Palabra, no nuestras experiencias, debe constituir la esencia del sermón. Las experiencias del predicador, usadas moderadamente y con cordura, pueden ser ilustraciones útiles, pero nunca deben ocupar lugar preponderante.
Y a pesar de esto, la experiencia del mensajero de Cristo es de importancia decisiva. Sólo quien ha gustado lo delicioso del pan de vida puede ofrecerlo a otros con efectividad. Únicamente quien ha tenido vivencias auténticas de la energía transformadora del Evangelio puede afirmar sin vacilaciones que es «poder de Dios para dar salvación a todo aquel que cree» y esperar que sus oyentes tomen sus palabras en serio. Pero no es el testimonio oral que sobre sus experiencias puede dar el predicador desde el púlpito lo que más vale, sino lo que de ellas se trasluzca a través de su vida.
Helmut Thielicke ha expresado esta verdad incisivamente en una crítica saludable sobre la iglesia de nuestro tiempo. «Si no estoy equivocado, el hombre de nuestra generación tiene un instinto muy sensible para las frases rutinarias. La publicidad y la propaganda le han acostumbrado a ello... Cualquiera que desee saber si una bebida determinada es realmente tan buena como el anunciante a través de la pantalla del televisor dice que es, no puede creer ingenuamente las recomendaciones fonéticamente amplificadas; debe averiguar si ese hombre la bebe cuando está en casa, no en público. ¿Bebe el predicador lo que ofrece desde el púlpito? Esta es la pregunta que se hace el hijo de nuestro tiempo, consumido por el fuego de la publicidad y los anuncios»(1).

¿Puede predicar quien pasa por una experiencia de crisis espiritual?

Toda crisis indica un estado de inestabilidad. No se ha llegado a posiciones fijas, definitivas. No es inmersión en la incredulidad por pérdida de la fe o entrega al pecado con cese de toda lucha. Es más bien una situación de duda, de conflicto, de angustia, de depresión. Pero la fe se mantiene; las dudas son pájaros que revolotean sobre la cabeza sin llegar a hacer nido en ella; en el corazón sigue ardiendo la llama del amor a Cristo; la Biblia no ha dejado de ser el objeto predilecto de lectura y meditación.
En estos casos no sólo se puede seguir predicando, sino que, como vimos al considerar los recurso del ministro, el hacerlo puede contribuir muy positivamente a la superación de la crisis. En el púlpito, el predicador sincero tiene experiencias tan claras como inefables de la presencia y el poder del Espíritu Santo, el cual le habla a él tanto o más que a la congregación y convierte la Palabra en fuerza maravillosamente renovadora.
Sólo cuando la crisis se prolonga y debilita demasiado al predicador, puede ser aconsejable que éste cese temporalmente en su responsabilidad en el púlpito a la par que busca medios adecuados de recuperación.

¿Se puede predicar sobre puntos que el predicador no aplica en su propia vida?

Omitir esos puntos es cercenar la Palabra de Dios. Exponerlos, en el caso apuntado, puede dar lugar a la hipocresía, falta intolerable en el mensajero del Señor.
No es moralmente posible exhortar a los oyentes a una vida de oración si el predicador apenas ora en privado; o a la generosidad, si él es atenazado por el egoísmo; o al esfuerzo de una dedicación plena a Cristo, si él no da ejemplo de ello.
Ante tal inconsecuencia, el predicador debe buscar toda la ayuda de Dios para conformar su vida a las enseñanzas de la Palabra. Debiera estar en condiciones de poder decir con Pablo: «Sed imitadores de mí, así como yo lo soy de Cristo» (1 Co. 11:1). Si es consciente de que no ha alcanzado tal meta y si ha de predicar sobre un texto que pone al descubierto algún punto débil de su vida cristiana, no ha de tener inconveniente en reconocerlo públicamente e indicar de algún modo que él mismo también se incluye entre aquellos a quienes se dirige el mensaje. Esto es doblemente positivo, pues no sólo libra al predicador de dar una falsa impresión de sí mismo, sino que, ante la confesión de sus propios defectos, aunque parezca paradójico, la congregación se sentirá alentada. Los «superhombres» espirituales anonadan. Los hombres de Dios que, como Elías (Stg. 5:17), son «de igual condición que nosotros» estimulan a sus hermanos.

 

El auditorio y sus necesidades

El predicador es un intermediario entre Dios y los oyentes en lo que a comunicación de la Palabra de Dios se refiere. Por tal razón, debe conocer a Dios y vivir lo más cerca posible de El; pero tiene asimismo que conocer a los hombres y vivir próximo a ellos. Ha de ser fiel a su Señor y, por amor a El, amar a quienes le escuchan, con una preocupación sincera por su situación.
Ante sí tiene hombres y mujeres con sus inquietudes, sus dudas, sus deseos nobles, sus debilidades, sus luchas, sus avances espirituales, sus pecados, sus alegrías, sus temores. De alguna manera, el predicador ha de penetrar en ese mundo interior de cada oyente e iluminarlo, purificarlo y robustecerlo con la Palabra de Dios. No puede conformarse con pronunciar palabras piadosas que se pierdan en el vacío porque su contenido es de nulo interés para quienes escuchan. Cuando el gran predicador Henry W. Beecher preparaba sus sermones, según su propio testimonio, jamás su congregación estaba ausente de su mente.
Nada hay más estéril, ni más aburrido, que una predicación descarnada, insensible al pensar y el sentir del auditorio. Por más que nos opongamos -y nos oponemos- a la exégesis «desmitificadora» de Bultmann, hemos de apreciar su gran preocupación por presentar un mensaje relevante para el hombre de hoy, que le diga y le dé algo importante en el plano existencial.
Al pensar en el hombre, hemos de pensar en la totalidad de su ser y de «su circunstancia». La Palabra de Dios no va dirigida únicamente al espíritu; no tiene por objeto solamente movernos a la adoración o fortalecer nuestra fe.

Menos aún, elevarnos a una comunión con Dios que nos haga indiferentes a nuestros compromisos, nuestras necesidades, nuestras relaciones o nuestros problemas temporales. El antiguo docetismo despojó a Cristo de su humanidad y lo redujo a una figura tan espiritual que casi resultaba fantasmagórica. Desgraciadamente, no faltan docetistas en nuestros días, aunque su error se haya desplazado de la cristología a la antropología.
Es necesario desterrar falsos espiritualismos y ver desde el púlpito a seres de carne y hueso. Aun el creyente, ciudadano del Reino de los cielos, vive en el mundo bajo toda clase de influencias culturales, religiosas, políticas, sociales. No puede salir de ese marco. Ni es llamado a hacerlo. Pero en él se hallará infinidad de veces con situaciones en las que no verá con claridad cómo actuar cristianamente. Es entonces cuando una predicación «encarnada», en la que la Palabra de Dios responde a preguntas, aclara dudas y proporciona estímulos en el orden existencial, constituye una bendición inestimable por convertirse en palabra redentora. En cierto sentido, respetando el significado original de la frase bíblica, de todo sermón debiera poder decirse que en él «la Palabra se hizo carne».
Por medio de la predicación, el atribulado ha de recibir consuelo; el que se halla en la perplejidad, luz; el rebelde, amonestación(2); el penitente, promesas de perdón; el caído, perspectivas de levantamiento y restauración; el fatigado, descanso y fuerzas nuevas; el frustrado, esperanza; el inconverso, la palabra cautivadora de Cristo; el santo, el mensaje para crecer en la santificación. Resumiendo: el púlpito ha de ser la puerta de la gran despensa divina de la cual se sacan las provisiones necesarias para suplir las necesidades espirituales de los oyentes.
Implícito en este punto hay otro que, por su importancia, hemos de considerar separadamente.

La necesidad de un propósito

No es suficiente que el predicador, al subir al púlpito, tenga algo que decir a sus oyentes. Es necesario que su sermón tenga un objetivo concreto. Ha de aspirar a unos resultados.
El contenido del mensaje no sólo ha de iluminar la mente y remover los sentimientos; ha de mover la voluntad. Toda predicación debiera llevar a quienes escuchan a tomar algún tipo de decisión. Esta puede ser la conversión, la confesión íntima a Dios de un pecado, la renuncia a alguna práctica impropia de un cristiano, el desechamiento de un temor, una entrega plena a la voluntad de Dios, la resolución de iniciar la reconciliación con un hermano enemistado, la determinación de empezar las actividades de cada día dedicando unos minutos a la lectura de la Biblia y la oración, la de ofrecerse seriamente para algún tipo de servicio cristiano, la de evangelizar con mayor celo, la de mantener contactos de comunión cristiana con las personas que más la necesitan. Podríamos mencionar muchas más.
Sólo cuando se han producido resultados de esta naturaleza en los oyentes puede decirse que la semilla de la predicación ha germinado. Por supuesto, la nueva planta debe cuidarse después mediante la acción pastoral de la iglesia; pero ya puede considerarse un éxito inicial que la semilla no cayera «junto al camino» y fuera engullida por las aves.
Es verdad que no en todos los casos la predicación, aunque esté presidida por un propósito concreto, logra su finalidad. Siempre hay oídos y corazones invulnerables a los dardos más directos de la Palabra. También es verdad que el Espíritu Santo puede alcanzar fines que el predicador no se había propuesto.
Pero nada de esto justifica que cuando el predicador se embarca en su sermón no tenga idea del puerto al cual se dirige. Sin una meta precisa para cada mensaje, todo el esmero en la exégesis, toda la habilidad homilética y todos los recursos de la oratoria serán poco menos que inútiles. Un sermón no debe ser jamás una mera obra de arte. No ha de llegar a oídos del auditorio como una bella sinfonía, sino como lo que se espera que sea: voz de Dios que habla a los hombres y los insta a las decisiones más trascendentales. En frase de Bohren, la predicación «siempre es una cuestión de vida o muerte».
El ministerio de la predicación es glorioso, pero entraña una responsabilidad imponente. Es fuente de gozo, pero también de grandes tensiones. Su práctica eleva y humilla. Mas detrás de ese ministerio está Dios. El es quien dice a cada uno de sus mensajeros: «He puesto mis palabras en tu boca» (Jer. 1:9) y quien infunde aliento para la realización de misión tan singular (Jer. 1:17).
Del predicador se espera fidelidad y diligencia. Como en el caso de los profetas, su tarea viene determinada por dos palabras: impresión y expresión. La primera indica la operación del Espíritu y de la Palabra en el predicador; la segunda, la acción del Espíritu y de la Palabra a través de él.

En la expresión se combinan el elemento divino y el humano, la unción de lo alto y la homilética.