lunes, 10 de junio de 2013

JESUCRISTO ANTE LA FRUSTRACIÓN HUMANA
«Vanidad de vanidades, todo es vanidad...
He aquí todo era vanidad y aflicción de espíritu,
y sin provecho debajo del sol»
(Ec. 1:2, Ec. 2:11)
Cada vez más personas  viven con una sensación de estar en un viaje a ninguna parte, de que la vida no tiene sentido.
La palabra frustración viene de un término latino -frustra- que significa en vano, sin sentido, inútil. Una expresión popular, sobre todo entre los adolescentes: «¡qué frustre!» exclaman ante una contrariedad.
¿Qué es, en realidad, vivir frustrado? El autor del Eclesiastés hace una descripción detallada de su frustración al contemplar la vida tal cual es. Podríamos decir que se enfrenta cara a cara con la vida.   

«¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?» (Ec. 1:3). «Asimismo aborrecí todo mi trabajo que había hecho bajo el sol, el cual, al fin y al cabo tendré que dejar a otro que vendrá después de mí; y quién sabe si será capaz o incapaz, sabio o necio el que se aprovechará de todo mi trabajo en que yo me afané y en que ocupé debajo del sol mi sabiduría. Esto también es vanidad.» (Ec. 2:8). Uno se pregunta: ¿ha valido la pena tanto sacrificio, tanto esfuerzo? ¿Para qué? La misma experiencia relata el Predicador cuando se entrega al estudio:  
                    
«Dediqué mi corazón a conocer la sabiduría y a entender los desvaríos.
Conocí que aun esto era aflicción de espíritu, porque en la mucha sabiduría hay mucha molestia y quien añade ciencia añade dolor» (Ec. 1:17-18). El vivir sólo para estudiar, para la ciencia, también le deja al Predicador un sentimiento de vacío.
Tampoco la prosperidad económica, las riquezas, llenaron al autor del Eclesiastés. «Dije yo en mi corazón: ven ahora, te probaré con alegría y gozarás de bienes, mas he aquí esto era también vanidad» (Ec. 2:1).
Me amontoné también plata y oro, y tesoros preciados de reyes y de provincias... Y fui engrandecido y aumentado más que todos los que fueron antes de mí en Jerusalen.» (Ec. 2:4-9). Pero he aquí su conclusión en crudas palabras: «Miré yo después todas las obras que habían hecho mis manos y el trabajo que tomé para hacerlas, y he aquí todo era vanidad (frustración) y aflicción de espíritu y sin provecho debajo del sol» (Ec. 2:11).            
 Los bienes materiales no pueden dar un sentido a la existencia. El Predicador buscó también la respuesta a su inquietud en los placeres.

«No negué a mis ojos ninguna cosa que no desearan ni aparté mi corazón de placer alguno» (Ec. 2:10). Observemos, sin embargo, de nuevo la conclusión: «A la risa dije: enloqueces, y al placer, ¿de qué sirve esto?» (Ec. 2:2). La satisfacción de todos los deseos y necesidades, (vive el día). Todos estos caminos -el trabajo, el estudio (el mundo académico), los bienes materiales, los placeres- son buenos en sí mismos. La Palabra de Dios no los condena. Son facetas propias de la vida humana creadas por Dios para nuestro bien y disfrute.
El problema surge cuando dejan de ser medios, instrumentos, y se convierten en un fin en sí mismas.

Lo que frustra no es trabajar, sino vivir para trabajar; lo negativo no es entregarse a la ciencia, sino buscar en ella el sentido de tu vida; el vacío desesperante de las riquezas aparece cuando uno busca llenar con ellas el tedio vital. Así pues, la frustración es un sentimiento de vacío, de absurdidad que se expresa en apatía, desmotivación, un estar de vuelta de todo. 

Muchos jóvenes hoy sufren este «síndrome del Eclesiastés»: están de vuelta de todo sin haber siquiera empezado el camino; son viejos con veinte años. Les falta lo opuesto a la frustración: la ilusión y la esperanza.
Un primer ejemplo, el aumento de la agresividad contra uno mismo y contra los demás. Otra muestra de esta agresividad es el aumento dramático de la violencia en las relaciones personales. Para estas personas esperar es fuente de frustración.     «nada a largo plazo» afecta a todas las áreas de la vida,
. Éste es exactamente el mensaje del Eclesiastés. Cuando uno reflexiona profundamente en el sentido de la vida, llega a la conclusión de que ni el trabajo, ni el estudio, ni las riquezas, ni el placer pueden dar respuesta satisfactoria. Cuando uno vive para estas cosas, descubre que la vida es «vanidad -frustración- y aflicción de espíritu, y sin provecho debajo del sol» (Ec. 2:11).
Esta falta de ilusión y de metas a largo plazo está relacionada con un problema más profundo y más grave: la falta de esperanza. Vivimos fundamentalmente en un mundo sin esperanza.
No basta con una sociedad mejor, más justa y menos violenta, para acabar con la frustración del ser humano.

La separación de Dios, raíz de la frustración humana
«El fin de todo el discurso oído es este:
Teme a Dios y guarda sus mandamientos,
porque esto es el todo del hombre»
(Ec. 12:13)
La frustración, como concluye el autor del Eclesiastés, no es en último término un problema social sino moral y espiritual.  . El problema soy yo, no el mundo que me rodea, como nos recuerda el Señor Jesús:   «No lo que entra en la boca contamina al hombre; mas lo que sale de la boca, esto contamina al hombre» (Mt. 15:11).

La frustración es resultado de la separación de Dios. Vivimos en un mundo frustrante porque se alejó de su Creador en el momento de la Caída.
El apóstol expresa la misma idea vinculándola con nuestra separación de Cristo:«En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados... y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Ef. 2:12).

«Hay un vacío en forma de Dios en el corazón de cada hombre que no puede ser llenado por ninguna cosa creada, sino solamente por Dios el Creador, quien se dio a conocer a través de Jesucristo». La respuesta última a la frustración humana sólo se puede hallar en la persona de Cristo.
Dios ha provisto en Jesucristo la vida abundante que es exactamente lo opuesto a una vida frustrada:

«Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn. 10:10). La palabra «abundancia» en el original es un comparativo -«más abundante»- y también se podría traducir por «extraordinaria, magnífica superior».
Vida = zoe (ζωή, G2222), (castellano, zoo, zoología) se emplea en el NT «de la vida como un principio, vida en el sentido absoluto, vida como la tiene Dios, aquello que el Padre tiene en sí mismo, y que él dio al Hijo que tuviera, vida en sí mismo.
Este versículo es como una síntesis preciosa de todo el Evangelio: ante el drama de una vida frustrada en un mundo frustrante, se alza esplendorosa la figura de Jesús que nos abre la puerta a una vida nueva magnífica, superior, en una palabra, una vida abundante de sentido, de realización y de esperanza. Vida cuya fuente única es Dios, y es amplia y plena.

Como la obtengo por obediencia a su Palabra. «¿cómo puede la obediencia ser una fuente de alegría?». De siempre el ser humano ha pensado exactamente lo contrario: la libertad sí que es una fuente de gozo, pero la obediencia lleva a la opresión y a la frustración.
El amor de Cristo es la clave de nuestro tema y la explicación a esta paradoja. «El amor de Cristo nos constriñe» (2 Co. 5:14-15). El motivo por el cual obedecemos va a determinar nuestras actitudes y nuestros sentimientos.
La obediencia del creyente nace como respuesta natural al inmenso amor del Señor Jesús. Es una obediencia voluntaria que emana del amor.

Cuando uno ama, busca agradar en todo a la persona amada «...habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados» (Ro. 6:17). La obediencia que sale del corazón es voluntaria y produce un gran gozo porque se basa en el amor.
Por el contrario, hay una obediencia que no sale del corazón porque no ama a su destinatario y genera un pesado sentido de sumisión y hasta de amargura. Aquí estamos ante uno de los aspectos más singulares del Evangelio: Dios no obliga a nadie a creer.

El gozo es al que todos los seres humanos aspiramos, a la par que rehuimos su antónimo: la tristeza.          En numerosas ocasiones la Palabra de Dios nos exhorta al gozo y la alegría. el gozo es un elemento esencial del fruto del Espíritu. Cristo vino para darnos no una vida mediocre, vacía o triste sino una «vida en abundancia» (Jn. 10:10). De la misma forma el Padre «nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos» (1 Ti. 6:17).

¿hay motivos para la esperanza?. Un sí rotundo es la respuesta de los cristianos que se toman en serio las enseñanzas del Señor Jesucristo.
Uno de los rasgos más llamativos de la persona de Jesús es su humanidad. El apóstol Juan, que compartió con el Maestro horas de honda amistad, recogió de él enseñanzas preciosas que ponen al descubierto una de las facetas más radiantes de su carácter: su amor. «Nadie tiene mayor amor que éste: que ponga su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos...» (Jn. 15:13-15). Y de este amor brota un gozo inaudito: «Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea cumplido» (Jn. 15:11).
El gozo de Jesús era el emanado del conocimiento del Padre y del cumplimiento de su voluntad, es decir de la obediencia.  les dijo su Maestro y Señor: «Vosotros ahora tenéis tristeza, pero os volveré a ver y se gozará vuestro corazón y nadie os quitará vuestro gozo» (Jn. 16:22).
«El gozo del Señor es vuestra fuerza» (Neh. 8:10).
Pero, además, el «estar gozoso» es en sí mismo un acto de obediencia. Las exhortaciones de Pablo al respecto suelen ir en el modo imperativo, es un ruego a obedecer: «Estad siempre gozosos» (1 Ts. 5:16), «Regocijaos en el Señor siempre...» (Fil. 4:4). Hay, por tanto un elemento de esfuerzo por nuestra parte incompatible con la pasividad y la autocomplacencia.

La paz, consecuencia del gozo  Tanto en el texto por excelencia sobre el gozo (Fil. 4:4-7) como en el pasaje clave del fruto del Espíritu: «amor, gozo, paz...» (Gá. 5:22-24), ambos están íntimamente vinculados. Una relación tan estrecha no nos debe sorprender por cuanto el gozo auténtico del Espíritu es también fuente de una paz profunda.

Cuando contemplamos nuestro estado actual en Cristo y experimentamos que «nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús», la paz y el gozo fluyen de forma abundante.                                                                        Jca.

jueves, 6 de junio de 2013

LAS RELACIONES HUMANAS II. ¿Mayordomos o esclavos? (II)
Concluíamos la primera parte de este artículo afirmando que no cuidamos del prójimo para agradarle ni para que tenga un buen concepto de nosotros, sino por amor a Cristo. Ésta debe ser la motivación central en nuestro servicio a los demás.
Todos tenemos necesidad de relacionarnos porque Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza. Desde el principio Dios se revela como el ser relacional por excelencia. Dios entra en relación con el hombre.
Esta  dimensión se hace evidente en el nombre dado al Hijo, «la Palabra, el Verbo» (Jn. 1:1) que es el instrumento de relación y de comunicación por excelencia. Cuando Dios crea al ser humano, pone en su corazón esta misma necesidad de relación. De ahí el profundo y misterioso «impulso » que reconocen todos los estudiosos del comportamiento humano, hasta los más escépticos. Es la «sed de Dios» descrita por el salmista (Sal. 42:1-2). Por otro lado, la necesidad de relacionarse con otro «tú» (en minúscula), el prójimo: «No es bueno que el hombre esté solo, le daré pues ayuda idónea».
Así pues, esta necesidad doble, la sed de Dios, y de amor humano- nos recuerda nuestro origen divino como criaturas hechas a imagen y semejanza de Dios.
La practica de la mayordomíala fidelidad constituye el requisito básico.
Una de las frases más usadas para resumir una relación es:     «ha sido muy bueno conmigo», o bien al revés, «me ha hecho mucho daño».
Observemos cómo en la parábola de los talentos el Señor elogia, ante todo, virtudes y valores del carácter: «bueno» y «fiel». Los resultados del trabajo de aquellos siervos, aun siendo importantes, quedan relegados a un lugar secundario.
A Dios le importa más el cómo somos y vivimos que nuestros logros.
El «hacer» tiene su lugar, pero no antes del ser y, como veremos luego, del «estar con». Ello es un reflejo de lo que ocurre en nuestra relación con Dios: la meta primera es la de forjar un carácter, «que seamos hechos conformes a la imagen de su Hijo» (Ro. 8:29).
No debe ser casualidad que la descripción primera que se hace de Jesús es que «era el Verbo» (Jn. 1:1). Alude a su esencia, el ser, para describir después lo que hizo (Jn. 1:9-18).
El éxito o el fracaso en mis relaciones no se debe medir, en primer lugar, por lo que hago por ellos –actividades- sino por mis actitudes, cómo soy con ellos.
Ser un buen mayordomo no es, ante todo, un asunto de tener más o menos tiempo para dedicar a la esposa, los hijos, los amigos o los hermanos en la iglesia. La calidad de nuestras relaciones no es un asunto de agenda o de reloj.
Dos personas pueden estar juntas y, sin embargo, sentirse muy lejos la una de la otra. Todo lo que hagamos por los demás debe venir precedido y rubricado por un trato afable, un carácter lleno del fruto del Espíritu.

Este es el mejor regalo que podemos darle a una persona. De hecho, uno de los mayores elogios que alguien nos puede hacer es:   «Gracias por ser como eres».
Bernabé, nos ilustra muy bien este principio. Su mismo nombre apela a un rasgo precioso de su forma de ser: «hijo de consolación». Su contribución mayor a la Iglesia Primitiva no vino dada tanto por sus actividades -viajes misioneros, ministerio en la iglesia de Jerusalén, etc.-, sino por su carácter conciliador y consolador. Estas virtudes fueron la clave. La aportación más importante de Bernabé a la Iglesia tuvo que ver, ante todo, con su carácter lleno del fruto del Espíritu Santo.
La importancia de «estar al lado de»
Después del ser viene el estar. La segunda forma práctica de ser fiel como mayordomo de mis relaciones consiste en estar con, estar al lado de mi prójimo. Se corresponde con el ministerio del Espíritu Santo en el creyente; él es el Paracleto, cuya función es confortar y guiar.
La palabra aplicada a esta acción del Espíritu Santo -parakaleo-: significa a la vez cuidar, estar al lado de, confortar, consolar, preocuparse por. El vocablo equivalente en latín sería curar.
Cuidar a mi prójimo, a mi esposa, a mis hijos, a mis padres, a mi hermano en la iglesia, implica estar junto a, estar presente (de ahí deriva la palabra «asistir»). Un ingrediente esencial del cuidar es la cercanía. No se trata sólo de una cercanía física, sino sobre todo emocional. Se puede transmitir aun estando físicamente lejos. Por ello una llamada por teléfono, una carta, un regalo, un mensaje, una tarjeta postal nos hacen exclamar: «gracias por estar a mi lado, te he sentido cerca».
Esta faceta es especialmente valiosa y apreciada en los momentos de gozo y de sufrimiento. «Llorar con los que lloran y gozar con los que se gozan» (Ro. 12:15) es una de las mejores formas de ser un mayordomo fiel en las relaciones. Nuestra sola presencia al lado de alguien que sufre, del atribulado por una pérdida, del que tiene sed o hambre, está en la cárcel, está desnudo Mt. 25:31-40) Es un regalo precioso no sólo para la persona, sino para el Señor mismo: «Por cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos, a mí lo hicisteis» (Mt. 25:40).       ¡Impresionante privilegio!

Ahí radica la diferencia entre una preocupación meramente humanitaria o social por los demás, tarea que puede realizar cualquier persona de buen corazón, y la labor de pastoreo mutuo dentro del cuerpo de Cristo, la Iglesia, que sólo se puede realizar bajo la dirección y el poder del Consolador por excelencia.
También aquí encontramos ejemplos bíblicos de hombres modestos, ocupando un lugar secundario en comparación con los apóstoles, pero cuyo ministerio de consolar y cuidar fue clave en la consolidación de las iglesias nacientes.

Ya hemos considerado a Bernabé. Tenemos a Tíquico, a quien Pablo envió a los colosenses para que «conforte vuestros corazones» (Col. 4:8). Pablo dice acerca de Filemón:
«Pues tenemos gran gozo y consolación en tu amor, porque por ti, oh hermano, han sido confortados los corazones de los santos» (Flm. 1:7). Parecido ministerio ejerció Epafrodito a quien Pablo se refiere como «ministrador de mis necesidades».
Lo más hermoso es la manera como Pablo describe a continuación el efecto benéfico que la presencia de Epafrodito iba a tener entre los filipenses:
«Así que le envío con mayor solicitud, para que al verle de nuevo os gocéis, y yo esté con menos tristeza. Recibidle, pues, en el Señor con todo gozo y tened en estima a los que son como él» (Fil. 2:28-29). ¡Cómo necesitamos de Epafroditos en la Iglesia hoy!

Amar implica servir y soportar
El amor es la tercera característica de un mayordomo fiel. Pero, ¿qué significa amar? El amor ágape tiene dos grandes dimensiones. (Para un estudio más amplio del tema recomendamos el pasaje de Col. 3:1-17, excelente parte  práctica del amor en la iglesia). Por un lado, tiene una dimensión activa que implica dar, servir, entregarse. Después del ser y del estar al lado de entramos ahora en el hacer.
Ello supone tomar la iniciativa, dar el primer paso. El amor por excelencia (1 Co. 13) actitudes que retratan al amante maduro. Así, el segundo rasgo apela al servicio: «El amor es servicial» (1 Co. 13:4, versión Reina Valera 1977).
El servicio supone estar dispuesto, si hace falta, a ceñirse la toalla y lavar los pies de mi prójimo. ¿En qué te puedo ayudar? ¿Qué puedo hacer por ti? El Señor Jesús la resumió en la llamada regla de oro: «Y todo lo que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos» (Mt. 7:12). El ágape por el contrario implica dar el primer paso, es activo.
El amor, sin embargo, tiene una segunda dimensión que –de nuevo- nos lleva al terreno de las actitudes. Acabamos de ver su faceta activa –hacer por-, pero los actos de amor deben siempre ir acompañados de actitudes de amor.
He aquí algunos ejemplos:
«Vestios, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros si alguno tuviera queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestios de amor, que es el vínculo perfecto» (Col. 3:12-14).
Esta descripción del amor nos sorprende por su realismo. Decíamos al principio que las relaciones humanas son muy complicadas y frágiles.
Pablo lo sabía 1 Co. 13 con una paradoja sorprendente: «el amor es sufrido». El amor maduro ha aprendido a soportar, a tener paciencia, a perdonar. La vinculación entre amor y sufrimiento –«el amor es sufrido»-    Del Espíritu Santo se dice que «intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Ro. 8:26). Y ¿qué diremos del Señor Jesús, «varón de dolores, experimentado en quebranto» por amor a cada uno de nosotros?

Debemos concluir, volviendo al pensamiento inicial: las relaciones humanas son una fuente inmensa de gozo, pero, a veces, también de decepción y de desaliento. El mayordomo fiel que busca darse a los suyos experimentará en algún momento de su vida la frustración del apóstol Pablo cuando afirmó de los corintios:
«Y yo con el mayor placer gastaré lo mío, y aun yo mismo me gastaré del todo por amor de vuestras almas, aunque amándoos más sea amado menos» (2 Co. 12:15).
                                     El antídoto contra el desaliento radica en tener los «ojos puestos en Jesús» (He. 12:2) quien nos ha prometido que  «cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa»  (Mt. 10:42). 
Pero la clave radica en nuestra relación con Dios. La Piedad: esa relación espiritual, verdadera.  Piedad: eusebeia (εσέβεια, G2150), de eu, bien, y sebomai, ser devoto, denota aquella piedad que, caracterizada por una actitud en pos de Dios, hace aquello que le es agradable a él.  
 1Timot 4:8  porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera. Alabado sea Dios el Padre y el señor Jesucristo por darnos tan grande privilegio, de dar y servir.  Pero por sobre todo poder relacionarnos con El, nuestro Dios.   jca


LAS RELACIONES HUMANAS. ¿Mayordomos o esclavos? (I)

Las relaciones personales son complicadas. Encierran en sí mismas lo más hermoso del alma humana -la capacidad de amar y darse-, pero también contienen rincones oscuros de donde puede salir lo peor de cada uno.
Las relaciones se disfrutan, pero también se sufren. Ello ocurre en todos los ámbitos de la vida: la familia, el matrimonio, la iglesia, el trabajo, incluso con los amigos.

Quizás con la excepción de la salvación, ningún otro tema es tan ampliamente tratado en la Escritura. Dios muestra especial interés en que «hagamos bien a todos y mayormente a los de la familia de la fe» (Gá. 6:10).
La idea de la mayordomía aplicada a las relaciones no aparece en la Palabra de forma tan explícita como en otros temas, por ejemplo en el área del tiempo (Ef. 5:16) o de los dones y talentos (Mt. 25:14-30). 
No se nos exhorta textualmente a «administrar bien nuestras relaciones»; sin embargo la idea implícita de ser responsables, fieles y muy cuidadosos en todas nuestras relaciones aparece sin cesar.
«Mirad cuán bueno y delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía» cantaba el salmista con entusiasmo (Sal. 133:1).

Buscando el equilibrio:  la relación con Dios, conmigo mismo y con otros.    En la vida hay tres relaciones esenciales de las que debemos ser buenos mayordomos por igual, sin descuidar ninguna de ellas:
La relación con Dios, la relación conmigo mismo y la relación con los demás
Mi relación con lo demás irá bien en la medida que yo sea capaz de relacionarme bien conmigo mismo. Quien no ha aprendido a relacionarse consigo mismo, encuentra difícil relacionarse con los demás. Muchos problemas de acercamiento, de intimidad, vienen de una identidad defectuosa. No debemos descuidar, por tanto, la mayordomía de nuestra propia persona, el conocido consejo de Pablo a Timoteo «ten cuidado de ti mismo».

Pero la clave radica en nuestra relación con Dios.
Las relaciones conmigo y con los demás irán bien en la medida en que mi relación con Dios sea adecuada. Cuando se rompe la relación con Dios, como ocurrió en la Caída, arrastra en consecuencia la relación con uno mismo y con los demás.
Dos conclusiones se desprenden de este punto:
  • hemos de buscar un equilibrio adecuado entre las tres relaciones básicas.
  • Vivir para los demás no puede llevarnos a descuidar nuestra persona de forma negligente o nuestra relación con Dios.
  • El origen y sostén de todas nuestras relaciones es Dios. Por ello, «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican» (Sal. 127:1).        Dependemos de los recursos del Espíritu Santo y del amor de Cristo para ser buenos mayordomos
¿Quién es mi prójimo?
«Amarás a tu prójimo como a ti mismo».                         Entendemos por prójimo a aquellas personas que están cerca de nosotros por razones afectivas o físicas; la palabra «prójimo» literalmente significa el «próximo», el que está al lado.
A veces el prójimo lo es de forma circunstancial, no permanente, como nos enseña la parábola del buen samaritano.  No olvidemos que el Señor expuso esta parábola en respuesta justamente a la pregunta  «¿quién es mi prójimo?».
Este mandamiento nos compromete porque sí soy responsable, por el que sufre a mi lado, o el que pasa hambre junto a mí,  pues ellos son mi prójimo.

«¿Dónde está tu hermano?» (Gn. 4:9). Con esta pregunta Dios confrontó a Caín tras su espantoso fratricidio. Dios le pide cuentas a Caín por su homicidio. «¿Qué has hecho con tu hermano Abel?» Caín no podía lavarse las manos impunemente porque tenía que darle explicaciones a Dios del brutal trato dado a su hermano. 
Igualmente Dios nos pedirá cuentas a cada uno de nosotros por cómo hemos tratado al prójimo. Nadie puede responder con el cinismo de Caín: «¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?». Sí, todo creyente es guarda de su hermano.

Descansamos en la gracia de Dios que nos justifica. Reconocemos nuestra impotencia y nuestra debilidad en ésta como en otras áreas de la vida cristiana. Sólo así, partiendo de nuestra impotencia humana y nuestra fortaleza en Cristo, podremos disfrutar de uno de los mayores privilegios del ser humano: «ser guarda de su hermano».

Límites y limitaciones:
Ante todo, una buena mayordomía no significa satisfacer todas las demandas y necesidades de mi prójimo. Si no entiendo o no acepto este principio básico y quiero cubrir todas las necesidades que veo a mi alrededor, voy a acabar frustrado y agotado, y dejaré descuidadas otras áreas importantes de la vida.
Ello es así por dos razones: en primer lugar, porque en el campo de las relaciones humanas las necesidades son casi infinitas, nunca se terminan.  
Nos hará bien recordar que ni siquiera el Señor Jesús, como hombre, fue capaz de satisfacer todas las expectativas de los demás.
Con frecuencia le vemos poniendo límites a las demandas de la gente, unas veces apartándose de las multitudes para ir a descansar, otras veces incluso rehusando ayudar cuando ello no entraba dentro del propósito de su ministerio (Mt. 15:21-28).
La segunda razón es que algunas personas -afortunadamente no todas- cuanto más les das, tanto más esperan -o incluso, exigen- de ti.  Es un problema de expectativas que a veces tales personas acaban sintiéndose como víctimas y hacen sentir a los otros culpables.
Por tanto, el primer paso es aceptar nuestras limitaciones y poner límites a nuestra entrega. En este sentido nos ayudará tener una motivación correcta a la hora de «guardar al hermano» y una visión clara de lo que Dios espera del mayordomo.                     
El apóstol Pablo nos da un principio muy clarificador.                              «Así pues, téngannos los hombres por servidores de Cristo y administradores (mayordomos) de ... Dios. Ahora bien, se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel» (1 Co. 4:1-2). Administrador:  oikonomos (οκονόμος, G3623), (oikos, casa; nomos, ley) lit., uno que gobierna una casa (Gál_4:2), denota a un siervo superior responsable de la administración de la casa, de la dirección de los otros siervos, y del cuidado de los hijos menores de edad. Véanse ADMINISTRADOR, MAYORDOMO, TESORERO.

El requisito principal, de hecho el único mencionado, de un mayordomo de Dios es la fidelidad. La misma idea se encuentra en: «Bien, buen siervo y fiel, sobre poco has sido fiel...» (Mt. 25:21). Llama la atención que en el texto de 1 Co. 4 Pablo se refiere inmediatamente al escaso valor que la opinión de los demás tiene para él:        «Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros» (1 Co. 4:3).
Es significativo que tal afirmación se haga justamente en el contexto de una buena mayordomía. El apóstol sabía bien que en el campo de las relaciones lo importante es la opinión de Dios, no la de los hombres.

Ello nos hace volver de nuevo al problema de las expectativas de los demás. Si tenemos claro que nadie nos exige satisfacer todas las demandas posibles y lo que el Señor espera es una actitud fiel, ¿por qué algunos creyentes caen en un activismo frenético y, aún así, sienten que nunca es suficiente lo que hacen en su servicio a los demás? En la mayoría de ocasiones surge de la necesidad de agradar mucho y no decepcionar nunca.
Algunas personas viven como un fracaso el tener que decir «no» y temen perder el afecto del otro si no satisfacen todas sus demandas, por excesivas que sean. Sin darse cuenta, enfocan sus relaciones con una motivación equivocada: que tengan un buen concepto de mí.
Es lo que llamaríamos la motivación narcisista. Este problema -porque llega a ser un problema- suele darse en personas inseguras, con una autoestima baja, que necesitan constantemente el afecto de los demás en forma de aprobación y de aplauso. De lo contrario se sienten frustrados o culpables.
Como creyentes no cuidamos del prójimo para agradarle ni para que tenga un buen concepto de nosotros. Cuando esto ocurre es agradable, pero es un «efecto colateral», no la meta de nuestras relaciones.
Se nos llama a ser mayordomos de Dios, pero no esclavos de los hombres.
La motivación central es el amor a Cristo porque es a El a quien servimos   (Col. 3:23-24).
«No nos cansemos, pues de hacer el bien;
porque a su tiempo segaremos si no desmayamos.
Asi que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos,
y mayormente a los de la familia de la fe»
(
Gá. 6:9-10)



jca